jueves, 10 de noviembre de 2011

EL TRANSFORMISTA



Se miró al espejo y supo que no estaba preparado para la ocasión. Habría sido demasiado obsceno y demasiado notorio salir sin más. Hubiera quedado excesivamente pornográfico y habría perdido su capacidad de escandalizar, de transgredir las normas pactadas.  Entonces tomó el kit imprescindible para ocultar su verdadero ser, para velar sus deseos inconfesables y confesados, pero que no podía dejar traslucir allí, porque en aquel lugar tenía que representar otra verdad.


Cogió el rímel del miedo y alargó sus espesas pestañas hasta el infinito. El resultado fue estremecedor. El lápiz del apocalipsis por venir terminó de dejarle los ojos remarcados, con la expresividad que requería la ocasión. 

Y con el colorete de la demagogia tapó las señas que el tiempo había dejado en su rostro. No se preocupó demasiado por las cejas porque quedarían por detrás del arco de pasta de las gafas.


Escondió los pezones en un sudario de mentiras calculadas y se cubrió las espaldas con el olvido fácil, la amnesia ajena y la esperanza de un tedio que llegaría pronto para desdibujar las promesas no cumplidas. Escondió su sexo, lo estranguló al enfundarse en un calzón de pequeñas verdades. Al disimular el falo quedarían igualmente encubiertas las razones de todo aquel ejercicio de falsedad programada, de ficciones dirigidas a distancia.


Por último, con un batón resistente a la autocrítica retocó cuidadosamente sus labios.


Se miró en el espejo una vez más antes de que llegara el coche oficial que le llevaría al “political-deluxe”.



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